La dependencia afectiva o emocional es una característica de la personalidad que define una forma de percibir, pensar, sentir y actuar, condicionada intensamente por las opiniones y aprobación de terceras personas. Esta dependencia puede ser, tanto activa – las personas buscan  reconocimiento y aprobación-,  como pasiva – su actitud y comportamiento son pasivos, a expensas de las directrices de otras personas. La dependencia emocional, cuando es rígida, produce malestar en la vida. Si uno está pendiente de lo que otras personas le dicen, si intenta agradarles, si busca su aprobación, si espera pasivamente instrucciones etc, está en una posición incómoda y no disfruta de una vida autónoma y enriquecedora. Sin embargo, una autonomía excesiva e inapropiada y una rígida e imperiosa necesidad de logro, tampoco aportan una solución. El centrarse en metas individualistas puede interferir con las metas colectivas. Es el lado oscuro del orgullo individual y ambiciones personales, asociadas, frecuentemente, a emociones de ira tras experiencias de frustración. Sin embargo, hay una alternativa saludable en la que se comparten proyectos y se trabaja en equipo. Tal como señala Bob Bornstein, profesor de la Adelphi University de New York, y experto de la dependencia afectiva y del apego, hay una forma de dependencia adaptativa que mejora las relaciones interpersonales y potencia la salud y el bienestar. Él la denomina dependencia saludable, y se asemeja, en gran medida, al concepto de Interdependencia adaptativa, para el que hemos construido un instrumento de medida en español. Pedir ayuda cuando uno lo necesita, dar ayuda cuando otra persona la pide, compartir proyectos y sentimientos con la gente cercana, ayudan en la integración saludable de las personas dentro de los grupos. Además, las personas que se perciben como interdependientes tienen mejor salud, tanto psíquica como física. Ahora pregúntate, ¿qué es lo que ocurre en nuestra vida? ¿Eres dependiente, interdependiente, o individualista? Ser independiente, dependiente o ser interdependiente, he aquí la cuestión. Si te dejas apoderar por el miedo y la certidumbre, probablemente escogerás un papel dependiente, en el que esperas instrucciones y que te proporcionen afecto y aprobación. Es verdad que todos queremos que alguien nos quiera, pero si la vida gira alrededor de esto, estás atado de pies y manos.  Por el contrario, un ejecutivo competitivo, con gran afán de logro,  preferirá, probablemente, el individualismo independiente, todo a costa, eso sí, del estrés, del desarrollo de hostilidad y agresividad y de un empobrecimiento de su bienestar. Sin embargo, la experiencia y la educación regulan o modulan las motivaciones y la visión de uno mismo. Llegados a un punto de madurez en el ciclo vital, las personas tienden a buscar metas más relacionadas con el grupo y el compartir conocimientos. Las experiencias de dolor también pueden facilitar el cambio a una visión interdependiente de uno mismo. No muy lejano en el tiempo, me he emocionado con la gestión humana de la catástrofe de Fukushima. Me impresionó profundamente el hecho de que las personas mayores japonesas, sabiendo que su vida era más reducida que la de otras generaciones para desarrollar tumores letales, se prestaron voluntarios para las tareas de descontaminación de la central nuclear; o como las personas ante esta tragedia esperaban, de forma ordenada y pacífica, sus raciones de comida y la asistencia, sin ningún acto de robo o vandalismo. No sé si en España sucedería algo similar, pero ciertamente, al final, es una elección. Ser independiente, dependiente o individualista no es innato, sino adquirido. El miedo y la necesidad de poder egocéntrico llevan a escoger la individualidad o la dependencia,  frente a la interdependencia. Darse cuenta de nuestros miedos y de nuestras necesidades de poder, así como ser conscientes del bienestar de la interdependencia, son buenos medios para mejorar nuestra vida y nuestro entorno. Mira cuál es el punto en el que estás feliz y a gusto, y donde los demás también lo están. Si ganas tú y ganan todos, el equilibrio social y vital es posible. Si los demás no ganan, finalmente tú no ganas: creas desajustes estructurales que te aíslan, te segregan y desconectan del mundo. Desear y promover que a los demás les vaya bien, es la mejor forma de que a ti te vaya bien. Y esto es válido en múltiples campos, como por ejemplo, la Economía o la Psicología. Cuando el flujo (sea dinero, sea afecto, sea ayuda, etc.) se mueve, llega a todas partes, tú estás bien y los demás están bien. Para afrontar el miedo y el deseo egocéntrico, lee los apartados posteriores correspondientes.