Los sentimientos pueden clasificarse en dos tipos, dependiendode si están vinculados o no de objetos, personas, ideas o conceptos ajenos a nosotros mismos. Así, distinguimos: (a) sentimientos genuinos proceden de la propia naturaleza o de la construcción propia de uno mismo, o al menos, de experiencias en las que en gran parte puedes hacer una elección personal; (b) sentimientos condicionados, que dependen de la experiencia sin elección y que están determinados por condicionamientos a objetos, personas ideas o conceptos. Dentro de los sentimientos genuinos se incluyen los sentimientos incondicionados universales, con un carácter más biológico que sociológico, y que pueden ser considerados vestigios de nuestro desarrollo filogenético. Los sentimientos incondicionados son variados y se presentan sin necesidad de condicionamiento alguno: el miedo, la tristeza, la ira, la alegría, etc. Los etólogos y antropólogos han estudiado a través, tanto del desarrollo filogenético como de la comparación de diferentes culturas, expresiones emocionales comunes que parecen ser universales, aunque con cierta variabilidad en sus formas de expresión. Así la vinculación afectiva de un latino es diferente de la vinculación afectiva de un japonés. La expresión afectiva latina es más abierta, más pública y menos ordenada que la de un japonés, más íntimo, ordenado y cooperativo. Podemos decir, por lo tanto, que hay ciertas emociones universales, pero que han sido moldeadas por la cultura e historia. Cuando experimentas estos sentimientos, expresas algo de forma natural, sin esfuerzos adicionales, y sin vivir condicionamientos intensos en poco tiempo. Por otra parte, sin embargo, otras expresiones emocionales  no son  universales y sí son fruto del condicionamiento y del aprendizaje social; por ejemplo, la emoción que sentimos ante una bandera, o la que sentimos cuando declaramos que somos de un país o nación, o cuando escuchamos el himno de nuestro país. Una bandera, sólo es un símbolo, y no nos produce ningún placer o beneficio en sí misma;  y el escuchar un himno, tampoco nos debería producir ningún efecto más allá del que producen las notas musicales. La bandera y el himno tienen fuerza sobre las personas por las asociaciones realizadas con estos símbolos a lo largo de la historia.
Las emociones condicionadas son importantes, tanto o más como las emociones incondicionadas. Los símbolos que suscitan emociones grupales en el trabajo o en un país, pueden producir una mayor identificación con un grupo en pos de una meta final. Así, un deportista que sienta su bandera, está motivado para trabajar en grupo; un trabajador que dice con orgullo pertenecer a una región determinada, puede vender con ilusión y éxito un producto de su país. Ahora bien, desde un punto de vista saludable, es necesario tomar conciencia de que no son más que emociones condicionadas, que aceptamos como propias, y que podrían ser otras. Los problemas de las emociones no se derivan por cómo se forman y manifiestan dentro del respeto – uno puede sentirse muy orgulloso o feliz con su bandera o con sus señas culturales-; el problema que puede suscitar una emoción condicionada, es el sentirla como incondicionada cuando en realidad no lo es. Creemos entonces que eso es algo con lo que nacemos, que es una emoción que está en nuestra naturaleza biológica y que siempre ha sido así. En realidad, la mayoría de las emociones son aprendidas por nuestra experiencia e historia. Incluso, emociones primarias como el miedo incondicional sin motivo aparente, pueden ser recuerdos o huellas de nuestra evolución filogenética: las especies de las que procedemos han sido sometidas a un miedo real causado por experiencias de agresión y destrucción por depredadores. La percepción del condicionamiento de las emociones es muy importante, para poder vivir “libre” de las emociones de otras personas. Cuando estamos con alguien que nos hace sentir mal, no estamos sintiendo emociones que surjan de nuestro interior, sino que son emociones proyectadas a través de sutiles o directas afirmaciones verbales o señales no verbales ante tus comportamientos. Por ejemplo, si un adolescente muestra su ilusión en algo que hace o construye, y su padre le amedrenta por comentarios o enfados, señalando que va a fracasar, con seguridad aparecerán emociones negativas. Incluso estas emociones se transfieren, incluso sólo con la muestra de modelos reprobatorios o con dobles mensajes. Por ejemplo, en sectas o grupos cerrados se expresan mensajes tales como: eres muy valioso, pero tu maestro es un modelo inigualable, y nunca podrás tener su maestría. En este mensaje, aparecen componentes emocionales paradójicos simultáneamente; por una parte, está el sentimiento de valoración y gratitud y, por otro el sentimiento de inferioridad e imperfección. Sentir lo que es genuino y lo que es dado por otros es fundamental. Muchas emociones son “dadas por otros” y, por el contrario, tenemos la percepción de que son nuestras. Percibir los sentimientos con curiosidad, y sin trabas y cribas de juicio, es fundamental para estas diferenciaciones o discriminaciones. El poder elegir libremente depende de la capacidad para distinguir de dónde proceden nuestras emociones y, diría, de permitir sentir y conectarse con las emociones del pasado, que se hacen presentes estrechando el campo de nuestra conciencia y limitando nuestra capacidad de elección. Cuando tomamos contacto con estos condicionamientos, tenemos una valiosa información con la que podemos decidir qué hacer y qué elegir. Así, nuestras emociones son libres y genuinas, haciendo lo que nos interesa para la sorpresa de nosotros mismos y de nuestro entorno. El cómo hacer esta discriminación emocional se encuentra en el apartado de aplicaciones prácticas.