La vida conlleva experiencias de frustración. Desde que nacemos hasta que morimos, experimentamos, queramos o no, obstáculos  tanto internos como externos, en el camino hacia nuestros deseos o metas. Cuando tomamos una actitud constructiva, aprendemos a disolver o superar estas barreras.  Las barreras que obstaculizan nuestros objetivos vitales pueden ser de dos tipos:
a.- Las procedentes del entorno, muchas veces imposibles de cambiar. Se trata de barreras tanto competitivas, como obstructivas que entorpecen o bloquean el progreso personal.  Las competitivas consisten, realmente, en competidores desleales  por el acceso, disfrute y  desarrollo de un proyecto vital. Los denomino desleales, puesto que utilizan privilegios  personales presupuestos, dados o consentidos por el entorno, a diferencia del resto de los competidores, que utilizan exclusivamente sus recursos personales, sin gozar de privilegios añadidos del entorno. No se trata, pues, de las barreras competitivas naturales y constructivas, basadas en la sana competición del talento.  Las barreras obstructivas son, realmente, trampas que, de forma casi siempre intencional, pueblan el camino de aspirantes nobles a un objetivo vital. Dentro de este grupo de barreras nos encontramos las trabas administrativas discriminatorias, los reglamentos caprichosos sin previo aviso, o la valoración asimétrica de méritos.
b.- Las procedentes de uno mismo, casi siempre superables, aunque parezcan imposibles subjetivamente. Se trata de barreras creadas dentro de uno mismo y que están relacionadas con experiencias  mal asimiladas y/o con desarrollos incompletos o incongruentes de la personalidad. De esta forma se pueden generar sentimientos, por una parte, de miedo, inseguridad en uno mismo, desazón, ira,  desvalorización; y, por otra, de codicia, envidia, megalomanía y narcisismo.  En cierta medida, los principales enemigos de uno mismo para el desarrollo de los proyectos vitales son el miedo y la codicia. El miedo te paraliza y la codicia te lleva a exponerte a situaciones sin solución, auténticos callejones sin salida donde la ruina está esperando. Por otra parte, los sentimientos de ira, presentes en las situaciones de frustración, pueden ser un acicate para superarnos o para destruirnos.
El  manejo de la ira es un elemento importante en las situaciones de frustración. La rabia interna, puede ser un elemento movilizador de acciones constructivas o, por el contrario, puede originar comportamientos auto y heterodestructivos,  generando excesivos daños y malgastando energías innecesariamente. Las reglas básicas de la gestión de la ira, tras frustración aguda o continuada, son:
1.- Reconocer e identificar la ira dentro de uno, sin prejuzgarla como mala o buena. La ira es buena o mala, dependiendo de los pasos siguientes.
2.- Acepta la ira y no la niegues o la intentes “olvidar” ,“dulcificar”, o cambiar por otro sentimiento; si estás con rabia, enfadado, y con ganas de enfrentamiento, acéptalo como quien nota que tiene fiebre ante una infección vírica que le está debilitando.
3.- Detecta tu punto de partida entrando en un estado de calma, aunque sientas mucha rabia.
4.- Desde la calma, mira a dónde quieres ir. Si no sabes bien dónde, sigue en calma, con la búsqueda en tu mente del “lugar” o “estado” que quieres.
5.- Determina una tarea vital constructiva que dependa de ti. No intentes cambiar lo que no depende de ti, esa no es tu tarea. Cambia lo que es cambiable y nunca te obceques en cambiar lo que depende de otros.
6.- Dedica tu foco atencional a la tarea que has decidido con determinación inquebrantable, aunque tu interior esté furioso y tenga más ganas de destruir que de construir.  La determinación es independiente de tu sentimiento.
7.- Persiste con tu tarea; la duración es otro pilar fundamental para construir algo desde, o a pesar de, la ira.