La tranquilidad es necesaria para estar en paz con uno mismo, pero no es suficiente para estar en equilibrio. El equilibrio es un estado dinámico en la que actúan muchas fuerzas, tanto agonistas como antagonistas.  El concepto básico de equilibrio psicológico se puede definir por una mezcla compensada de distintos elementos o fuerzas, de distinta naturaleza y valencia afectivo-comportamental, que combinadas de forma apropiada, confirieren unas propiedades satisfactorias y apropiadas al estado psicológico. Cuando nos referimos al equilibrio psicológico, lo hacemos considerando que una persona:
a.- Tiene, por una parte, unas características personales y un entorno que están en continuo proceso de negociación, sin entrar en confrontaciones conflictivas. El conflicto se sustituye por la negociación e intermediación, produciendo estados paradójicos en el plano psicológico. Por ejemplo, un padre puede tener necesidad de control y autoridad sobre su unidad familiar, y un hijo adolescente puede tener necesidad de autonomía e individuación personal. En esta situación, las fuerzas son contrapuestas y antagónicas, pudiendo generar un conflicto. El equilibrio apropiado y beneficioso sería el punto en el que (1) el padre ejerza su autoridad en los elementos comunes del hogar y que afectan a toda la familia, mientras que (2) se retire de la toma de decisiones referidas a los deseos individuales de su hijo, y que no afecten a la familia y a la salud y bienestar de su hijo. Es decir, ejerce autoridad, pero permitiendo que su hijo tome decisiones, promoviendo el derecho a que se pueda equivocar, además de acertar.
 
b.- Además, desde un punto de vista estrictamente personal, el equilibrio tiene que ver con una adecuación a las circunstancias: cuando es necesario ser activos, emprendiendo una acción, modulada y ajustada al contexto;  y, cuando es necesario mantener una actitud de aquietamiento y calma ante circunstancias, uno contempla las situaciones sin actuar.
c.- Con respecto a la mezcla de características personales, el equilibrio se relaciona con el efecto compensatorio de rasgos o características personales. Por ejemplo, si alguien tiene un alto nivel de aspiraciones y gran motivación de logro, es apropiado que tenga una humildad en sus logros. Este punto de mesura es necesario, ya que tanto el éxito o el exceso de ambición produce efectos adversos tales como el autocentramiento excesivo ( uno sólo ve desde su punto de vista) y una excesiva atención o percepción de las necesidades personales, prescindiendo de, o negando, las necesidades de los demás. Estos factores de autocentramiento y focalización en necesidades personales, interfieren en el trabajo en equipo
    El equilibrio se puede expresar con paradojas, por llevar implícitamente en su definición, contradicciones o elementos antagónicos, aparentemente. Hay tres paradojas o definiciones que pueden ayudarnos a entender este principio:
1)     El equilibrio está en un punto en el que yo gano y los otros ganan o yo estoy bien y tú estás bien .
Esta definición se basa en el equilbrio entre tus necesidades personales y las necesidades de los demás. Las personas somos interdependientes y, a no ser que te conviertas en un explotador o manipules a los demás, te encontrarás a gusto cuando percibas que tú ganas y los que están a tu alrededor ganan, y cuando tú estás bien y contribuyes a que los demás estás bien. Si ganas tú, pero los que están a tu alrededor pierden a tu costa, y si tú estás bien, pero haces sentir mal a otras personas de tu entorno, el equilibrio no existe. Tendrás la percepción de que todo va bien, de que estás en equilibrio, pero es una ilusión: estás desorganizando el sistema. Esto es frecuente en muchos ámbitos, tales como el trabajo, la familia o la pareja. Cuando sólo uno gana o está bien, probablemente estamos ante dinámicas donde el maltrato psicológico está actuando.

2)    La paradoja de “ser todo y nada al mismo tiempo”
El éxito nos lleva a situaciones de desequilibrio, a no ser que cultivemos otras virtudes o actitudes. El valor y la confianza, elementos fundamentales en nuestra vida,  necesitan un contrapeso para equilibrar los desajustes de un exceso de ambos. El exceso de confianza en uno mismo lleva a la soberbia y a la desconsideración narcisista; el exceso de valor lleva a la temeridad, a uno mismo y a otros. Un punto de equilibrio es apropiado: confiar en uno mismo sin desvariar y avasallar, abierto a ideas y respetuoso con los demás, y tener valor, siendo consciente del riesgo y de las emociones y consecuencias asociadas. Los factores de equilibrio o de regulación son los más difíciles de encontrar en nuestra sociedad, ya que suelen ser los últimos en desarrollarse. Así, cuando alguien experimenta éxito desbordante, no quiere saber y/o no suele tener idea, ni de la caída que puede tener, ni de las consecuencias adversas de lo que hace. En nuestra educación aprendemos a tener éxito, a competir, a esforzarnos, a ganar, incluso a perder; pero difícilmente, nos enseñan a desarrollar la modestia, la humildad o el respeto. Suele ocurrir, que la vida nos da una lección sin nosotros buscarla; es, entonces, cuando nos interesamos por estos elementos reguladores de nosotros mismos. Finalmente,  te das cuenta de que tu poder es inmenso, sí, tienes confianza y valor; pero tu poder es una gota insignificante en un océano. Es la paradoja de ser todo y ser nada al mismo tiempo; ese es el punto de equilibrio. Es como que tienes todas las propiedades para tener un gran potencial o energía, como una gota de agua del mar; pero sin las demás no eres nada. Eres todo, pero también no eres nada, ya que necesitas a los demás.

3)  El equilibrio está en poner toda tu energía por el éxito y el triunfo en lo que hagas, pero con humildad: el mayor éxito es existir y desarrollar tus potencialidades; lo demás es accesorio”.
 Cuando en la vida nos acostumbramos al éxito, se produce una adicción tal a esta experiencia, que en el ímpetu de seguir o ascender todavía más en la senda exitosa, podemos descarrilar con estrépito. Este descarrilamiento se puede producir en muchas facetas de la vida: el gobernante-estadista que conduce a un país con éxito, tiende a creer en su infalibilidad y certeza en todas sus acciones futuras; el inversor en bolsa que acumula grandes plusvalías en años, tiende a creer que sus análisis son perfectos y que siempre lo serán; el constructor que ha vivido grandes años de bonanza económica, cree que su negocio es una fuente ilimitada de ingresos y que siempre lo será. Cuando la evidencia trastoca por completo los planes de uno, la experiencia es dolorosa y suelen pasar dos cosas: o bien, aparece el miedo y el pánico, creyendo que es el fin del mundo y que nada volverá a ser como antes, desconfiando hasta de uno mismo; o bien uno se empecina y se autoafirma en su posición de centralidad, negando las evidencias y rechazando revisar los propios planteamientos, por si fueran inadecuados o incorrectos. En este último caso, la sensación de (pseudo)seguridad en uno mismo es tal, que no es posible ver otras posibilidades; el recuerdo del éxito nubla la conciencia. Ante este panorama, parece difícil encontrar una solución. Para vivir, se necesitan conocimientos, temple, determinación, persistencia y  convicción en lo que hacemos. La pregunta es cómo desarrollar la propia convicción sin descarrilar. El mundo es como el mar, bello y gratificante, lleno de vida, pero también con parajes donde habitan voraces depredadores- como los tiburones- ante los cuales la vacilación es mala compañera. ¿Es posible vivir con convicción en lo que haces, sin ser un depredador, o sin que tu propia convicción te ciegue? Se dice que la humildad es una gran virtud, y que implica un conocimiento de las propias limitaciones y debilidades que acompañan a nuestras aptitudes y/o virtudes. Es algo así como el contrapeso de nuestras ambiciones, aspiraciones, deseos, metas y propósitos. Igual que en Física la fuerza centrípeta “equilibra” y posibilita una trayectoria circular ajustada, la humildad equilibra otras fuerzas de la Naturaleza humana como la codicia, la necesidad de poder, la ambición o la adicción al éxito. Humildad es un término que proviene de humilitas (del latín), que a su vez deriva de la raíz humus; es decir, hace referencia a partes “bajas” en el suelo, pero que curiosamente son las partes que aportan fertilidad a la tierra. Es gratificante comprobar la belleza de una planta o el sabor de sus frutos, pero no somos conscientes de que gran parte de ello se está generando en el humus. De igual forma, el cultivo de uno mismo, comienza en el suelo y no en las partes “visibles”, ostentosas, pero frágiles sin los micronutrientes psicológicos apropiados. En el suelo se encuentra la humildad; es más fácil dejarse seducir por las partes relucientes, pero la belleza se apaga o deteriora si no se presta atención debida a la humildad. El cultivo de la humildad se realiza a partir de dos tareas fundamentales:
a.- La toma de contacto con el “reflejo de poder”, o reflejo fruto de necesidades emocionales insatisfechas; se trata de una engañosa sensación de que uno puede con todo y de que quiere éxito a toda costa. A diferencia del poder equilibrado por la humildad, el reflejo de poder aparece de forma incongruente con otros aspectos de uno mismo y fuera de nuestra conciencia: tiene que ver con la experiencia de insaciabilidad y de adicción al poder. Así, por ejemplo, el estadista que ha gobernado con éxito se siente insaciable y quiere pasar a la Historia y ser alguien único, cometiendo entonces errores desde su necesidad insatisfecha; o el inversor exitoso en los Mercados Financieros, se plantea el reto de subir más niveles de rentabilidad, arrastrado por su necesidad de más poder y éxito, cometiendo entonces errores infantiles fruto de su codicia, arruinándose o llevando a otros a la ruina.
b.-  El cultivo de la humildad, no como freno o desvalorización, sino como elemento regulador de otras emociones y fuerzas intensas de la naturaleza humana, es el siguiente paso. Parte del trabajo está en el recuerdo del paso anterior, haciendo un seguimiento del “reflejo de poder”; la otra parte tiene que ver con el desarrollo de una actitud vital algo así como: “Pon toda tu energía por el éxito y el triunfo en lo que hagas, pero con humildad: el mayor éxito es existir y desarrollar tus potencialidades; lo demás es accesorio”