Las personas, como organismos vivos que somos, necesitamos nutrientes y unos cuidados físicos apropiados para tener una salud óptima y disfrutar de bienestar. Es fácil comprender que si nos prodigamos en excesos alimenticios-gastronómicos, bebemos en demasía con frecuencia, o tenemos una vida muy sedentaria sin movernos del puesto de trabajo, nuestra salud se resiente y lo pagamos. Nuestros órganos y sistemas, que van perdiendo elasticidad y capacidad de regeneración por la oxidación celular con la edad, dan señales de agotamiento. Por ello, los profesionales de la salud, intentan prevenir las enfermedades, a través de dietas, hábitos saludables y con fármacos y sustancias fortalecedoras y reguladoras del organismo. En lo psicológico ocurre igual; si nos prodigamos con compañías tóxicas, nos estresamos de forma continuada, nos enfadamos con frecuencia, nos preocupamos por todo, o nos exigimos demasiado a nosotros mismos, nuestro bienestar y nuestra salud se resienten. En realidad, hay una profunda conexión de  lo que pensamos, sentimos y hacemos con nuestro organismo, debido a que nuestro cerebro regula el funcionamiento orgánico. Así es comprensible, que cuando nos enfadamos por una contrariedad, nuestra tensión arterial puede aumentar; y si el enfado es muy frecuente, nuestro organismo se resiente y nuestra satisfacción con la vida y con nosotros mismos es menor. Además, tomamos peores decisiones, nos agotamos con frecuencia, descansamos peor, y las personas que están a nuestro alrededor pueden pagar las consecuencias de nuestro desajuste psicológico y somático.